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Letra de Cohen, ilustración de Odriozola

En Ilustrísimo Sr. Cohen, publicado por 451 Editores, Elena Odriozola ilumina tres canciones clásicas del bardo canadiense: By the rivers dark, Hallelujah y Undertow.
“En sus poemas, en sus canciones, en sus novelas, en sus dibujos, Leonard nunca ha dejado de retratarse. Bien o mal, siempre ha enfocado las telarañas del interior de su alma, las sagradas colinas, los altos ríos y la profunda caverna. Nunca ha evitado el fuego que lo consume, el anhelo incombustible, las raíces del grito, las cicatrices, la marca de nacimiento. Ni ha dejado de exponerse a la radiante luz que entra por las grietas”.

En Ilustrísimo Sr. Cohen, publicado por 451 Editores, Elena Odriozola ilumina tres canciones clásicas del bardo canadiense: By the rivers dark, Hallelujah y Undertow. Del resto, hasta sumar un total de 24 temas, se encargan Elisa Arguilé, Arnal Ballester, Carlos Cubeiro, Imapla, Pep Montserrat, Elena Odriozola, Sonia Pulido y Sesé.

Y uno más. La cubierta reproduce el dibujo de un autorretrato del propio Cohen. Dice Luis Eduardo Aute, en el prólogo, que “sorprende el dominio que muestra dibujando al lápiz o a tinta, con un trazo casi siempre lineal, de primera intención, sin desarrollar sombreados ni volúmenes. Es un grafismo limpio, seguro, rotundo. Sus autorretratos (aparentemente hechos de memoria muchos de ellos), en ese sentido, son ejemplares”.

Alberto Manzano, traductor de la poesía y uno de los mayores especialistas en Leonrad Cohen, presenta una particular mirada a la obra del artista canadiense. Así selecciona las mejores canciones rastreando su génesis con información precisa, sin obviar las anécdotas y curiosidades.

Cada ilustrador escribe sobre su acercamiento al Príncipe de Asturias. En el caso de Elena…

Llevaba varios días en la vitrina de la hoy desaparecida Xaribari, en la calle Legazpi de 51 San Sebastián. Se encontraba en una esquina a la izquierda, solo y solícito, rodeado de las carátulas cutres del punk. Al principio me pareció que el rostro que emergía de la sombra expresaba disgusto pero, después de pasar varios días frente a él, a la vuelta del liceo, comencé a notar que algo de ternura mostraba.

La idea de comprar mi primer disco venía rondándome desde hace un tiempo por la cabeza pero, siendo sincera, me aterraba entrar en la tienda. No sabría a quién dirigirme, cómo pedirlo y lo que más miedo me daba era que el dependiente me preguntase por mis gustos musicales. Pero el pobre estaba allí, en su rincón a la izquierda de la vitrina. Uno a uno los discos que le rodeaban se iban vendiendo y, en su rostro, lo que antes fue disgusto y después ternura se convirtió en lástima.

Fue un viernes cuando rompí la hucha. Tenía la esperanza de que no me alcanzaría con lo ahorrado y podría olvidarme de una vez para siempre de comprar el disco. Pero lo cierto es que había acumulado una pequeña fortuna. Surgía así un nuevo problema: ¿qué haría ahora con tanto dinero? Me sentí triste por haber sacrificado al pobre cerdo. Aunque no lo alimentaba muy a menudo y siempre con sobras, ciertamente estaba muy pesado el día que lo puse sobre una toalla y, a sangre fría, descargué el martillo contra su porcina sonrisa.

Pronto la tristeza se convirtió en preocupación. Sería ridículo pagar el disco con duros y pesetas. Me armé de valor y fui al banco. Sin preguntar, el cajero cambió las monedas por billetes. Quizás fui demasiado efusiva al agradecerle su profesionalidad.

Así, por fin, a los 16 años compré mi primer disco de Leonard Cohen. Various Positions se titulaba, un vinilo de 33 revoluciones. Emocionada, abrí con cuidado su funda, lo puse en mi tocadiscos y llevé la aguja hasta el primer surco. Apareció la voz de Leonard Cohen cantada como Papá Pitufo. Mi tocadiscos no era de 33 revoluciones sino de 45. Frustrada, fui al cuarto de mi hermana. En su tocadiscos sonó Hallelujah. Mi hermana lo interpretó como una señal y se apropió de él. Desde entonces nunca más he comprado un disco suyo.
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