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Ilustradores vallisoletanos

Jesús Aguado, Raúl Allén, Cinta Arribas, Germán Gómez Arranz, Felipe López Salán y Carlos Velázquez forman parte de los 22 creadores reunidos en la exposición 'Ilustradores vallisoletanos. Entre la creación y el oficio', organizada por el Ayuntamiento de Valladolid y comisariada por Óscar del Amo.
Si nos aventuramos a teclear el término "ilustración" en la infinita memoria algorítmica de Google, hasta hace poco tiempo la primera página de resultados era un monográfico de enlaces al movimiento intelectual europeo que desembocó en la Revolución Francesa.

Hasta hace nada, recalcamos, porque la época de las luces se ha visto deslumbrada por otra revolución no menos ilustrada. Como habrá adivinado por nuestro contexto, nos referimos al noble ejercicio que cabalga, entre el arte y el oficio, iluminando ideas y textos.

En los últimos lustros la ilustración española vive un resurgimiento tras tiempo acotada a la literatura infantil. Luminoso arrabal y afortunados los pequeños lectores que disfrutaban de un privilegio sustraído al deleite de los adultos.

Sin embargo, la ilustración disfruta hoy de una etapa dorada en España. Ha ganado una justa visibilidad social, tan necesaria en una disciplina plástica, y se ha impulsado desde las páginas de los cuentos para niños a las secciones más cuidadas de los periódicos, el cómic o la novela gráfica -no vamos a discutir por esto-, campañas de publicidad, prendas y accesorios de moda... con éxito de crítica y público internacional, que diría un gacetillero resabiado.



Un boom, lo llaman algunos entrecerrando los párpados con miedo a la explosión de la burbuja. Tal vez. Quién sabe. Lo cierto es que disfrutamos de un excelente momento fruto del esfuerzo y talento de muchos. Déjennos saborear una pizca de sol después de palidecer tanto tiempo en la sombra.

Hemos recuperado un vigoroso pulso que mantuvieron firme, sin remontarnos a las cuevas de Altamira o al cegador Beato de Liébana, los cartelistas de comienzos del siglo XX en comunión con el emblemático Blanco y Negro de Torcuato Luca de Tena en ABC, sostuvo una resistencia tenaz en su variante humorística con La Codorniz, comenzó a reencontrarse con la generación de los años 70 y aceleró imparable a partir de los años 80 y 90 hasta la fecha.

Quién nos diría que algunos autores -sí, los ilustradores también son autores- serían conocidos fuera del gremio y reverenciados como auténticas rock stars. En este auge Valladolid ocupa un lugar especial en el mapa.

Un jalón en una tradición escasamente publicitada. Baste recordar el art Decó de José Loygorri en las revistas de los años 20, El Capitán Trueno de Jesús Redondo o, más recientemente, el premio Nacional Javier Serrano y los muchos reconocimientos de David Aja, en posesión de varios Eisner (el Oscar del cómic) por su trabajo en Hawkeye (Marvel).



El espíritu castellano es ajeno a la ostentación pero permitámonos, sin excesivas alharacas, una merecida ración de orgullo.

En esta exposición toparán, en cada uno de sus protagonistas, con inmensas dosis de talento: La fresca veteranía de Felipe López Salán, la marcada personalidad de Óscar del Amo, el mensaje provocador de Julio Falagán en paralelo a la creatividad de su hermana Yolanda, el amor por la naturaleza de Carlos Velázquez, la ironía socarrona de Alberto Sobrino o Jorge Consuegra, la conexión instantánea con las escenas de Jesús Aguado, la sensualidad de Raquel Aparicio, el trazo con alma de Beatriz Martín Vidal, el naif de Cinta Arribas, la vida esbozada en los cuadernos de Joaquín Aragón, el dibujo encamado con el diseño de Iván San Martín, la imaginación arquitectónica de Cintia Martín, la exploración constante de Raúl Allén con un pie aquí y otro en EEUU... Una lista de honor donde descubrimos que algunos de los creadores que tanto admiramos en libros, revistas o anuncios son vecinos.

Su trabajo callado en el estudio ha convertido a Valladolid en una capital ilustrada, sin lugar a dudas, junto a iniciativas como los festivales Ilustratour y Valladolid Ilustrado, la presencia destacada de talleres en la Feria del Libro, la hiperactividad de Colectivo Satélite -lean su Amorcionario-, la cantera de la Escuela de Artes y Oficios o, quitándonos la pelusa del ombligo, que esta ciudad viera cómo Sandra López paría Pencil, la primera agencia de ilustradores creada en España.



La editorial Miñón, que lectores y creadores tanto añoramos, nos trajo títulos esenciales del calibre de Los tres bandidos, de Tomi Ungerer, y fue casa de nombres históricos como Jesús Gabán o Ulises Wensell.

No extraña así que, en muchos rincones del planeta, nos pregunten por las cualidades mágicas del agua del Pisuerga: no solo apacigua la sed, además inspira.

Los cánones fijaron seis bellas artes aunque luego admitieran a regañadientes una séptima, la cinematografía. La ilustración quedaba relegada a la digna condición de arte aplicada, confundida por muchos como mero ornamento de compañía.



Gracias a esta calificación, los dibujantes trazaron su camino con humildad. Entre el arte y el oficio, en un funambulismo sin vértigo, la ilustración creció cual arte cercano que nos incita a abrir las cubiertas de los libros o comprender obtusos análisis en los diarios. Su universalidad la ha convertido en lengua franca y, a sus oficiantes, en viajeros cuyo único pasaporte son sus imágenes. Un idioma cosmopolita con acento pucelano.

En la Sala de Exposiciones de la Casa Revilla de Valladolid, del 3 de marzo al 10 de abril de 2016.


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